EL MUNDO, UN DÍA

Blog del Periodista Manuel Jesús Orbegozo. Este blog se mantendrá en línea como tributo a quien con su pluma forjo generaciones de periodistas desde la aulas sanmarquinas. MJO siempre presente.

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Primero, recorrió todo su país en plan informativo, y luego casi todo el mundo con el mismo afán. Por lo menos, muchos de los grandes sucesos mundiales de los últimos 30 años del siglo XX (guerras, epidemias, citas cumbres, desastres, olimpiadas deportivas, etc.) fueron cubiertos por este hombre de prensa emprendedor, humanista, bajo de cuerpo pero alto de espíritu, silencioso, de vuelo rasante, como un alcatraz antes que de alturas, como un águila, por considerar que la soberbia es negativa para el espíritu humano. Trabajó en La Crónica y Expreso, y más de 30 años en el diario El Comercio como Jefe de Redacción, luego fue Director del diario oficial El Peruano y como profesor de periodismo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos lo sigue siendo aún después de 30 años seguidos. Esta es un apretada síntesis de la vida de un periodista hizo historia en el Perú y en muchos de quienes lo conocieron. Puede además ver su galeria fotográfica en http://mjorbe.jalbum.net Nota: MJO partio el 12 de setiembre para hacer una entrevista, la más larga de todas. MJO no se ha ido, vive en cada uno de los corazones de quienes lo conocieron.

Wednesday, December 08, 2004

LOS CAMINANTES DEL PARQUE ZELA

En el hermoso parque Zela situado a espaldas del Colegio “Juana Alarco de Dammert”, Miraflores, confluimos casi todos los días, 8 o 10 caminantes precarios.
Decimos que buscamos oxigenar los pulmones o desentumecer los músculos, aunque en el fondo, lo que pretendemos es durar un poco más. Porque a una pregunta expeditiva, Hemingway me contestó que el mayor éxito de la vida, es durar. El no quiso durar más y, por eso, un día de turbiedades, se puso el cañón de su escopeta en la boca y se disparó.

Los 8 o 10 caminantes somos constantes; convergemos al parque con la finalidad ritual de caminar. Aparentemente, no hay otra razón porque ninguno tiene apariencia de atleta o boxeador preparándose para nuevas contiendas.
Todos los caminantes del Parque Zela, somos gente mayor o más vieja. Haciendo una clasificación por edades, - porque sería absurdo hacerlo por alcurnias o riquezas -, estamos entre los 60, 70 u 80 años de edad. Frente al reto de sólo caminar, todos somos iguales; todos pretendemos "estar en forma", es decir, mejorar la calidad de vida. o sea, durar.
Sabemos muy poco los unos de los otros; todos nos encontramos al darle vueltas al parque, pero no nos hablamos, algunos saludamos; otros, no. Hay un señor que parece un rey asirio en un parque de plebeyos; hay otro que camina mirando a las losetas como si fueran páginas de su vida que intenta releer en silencio. Todos pasamos rozándonos los hombros como los vientos que nunca se hablan porque no tienen el menor interés en conocerse.

Los caminantes empezamos a llegar a partir de la 6 de la mañana, cuando las palomas ya no buscan los rebosantes granos de trigo de las eras, sino los residuos de comida que en bolsas de plástico suelen aparecer al borde de las calles. Las palomas urbanas comen todo lo que vara la ciudad porque han efectuado cambios irreversibles en sus códigos de conducta o de vida social. Las parejas ya no protagonizan romances de leyenda; ahora, hacen el amor al paso, vulgarmente, en los alambres o los postes de luz.

Poco sabemos de quién es quién. Se sabe, apenas, que uno de los caminantes es almirante. Acude sencillamente vestido con pantalón de comando, casaca de cuero negro, gorra azul y distinguido talante de marino. No habla con nadie y más bien se distrae con su fino perro-lobo al que lleva con una traílla. Se nota que conversa en voz baja con el animal porque éste mueve la cola aprobando el episodio. A ratos, lo libera para que le traiga las piedras que le arroja, pero esa gracia la sabe cualquier perro callejero. El almirante tiene un bigote cano como de utilería y pareciera que la brújula, el horizonte o las borrascas, ya no le preocupan.
Dos de los visitantes corren primero y caminan después. Uno debe ser huancaíno, su rostro es cetrino y aparenta ser un buen bailarín de huarlash; tiene feas piernas, magras, aunque musculosas; envidia para los corredores. El otro, también es envidiable. Llega y empieza a correr rápido como el viento.

Hay un ex magistrado que camina como los ríos de la selva, a pasos largos, pero a cámara lenta, algo así como camina todavía la justicia en el Perú. Espera a un amigo que pocas veces contesta el saludo, aunque en el fondo parece haber sido un buen comandante para sus soldados. Ambos empiezan a caminar comentando las cosas de la vida hasta que se separan para ir cada cual a su ritmo.
Eso mismo sucede con otros dos caminantes que se juntan por breves minutos y luego se separan porque uno quiere caminar más rápido que el otro.

Richard Dawkins afirma que todos los seres vivos, desde los tiempos de las tinieblas, tenemos dos genes a los que podríamos llamarles gen altruista y gen egoísta. Normalmente, este último es predominante, pero lo peor es su universalidad o, sea que nadie se salva del egoísmo. Si no fuera por el egoísmo, muchas especies no hubieran sobrevivido. Han perecido, justamente, las especies confiadas, aquellas que se sacrificaron por las demás.
Porque el altruismo consiste en sacrificar algo tuyo por el bienestar de tus semejantes, el egoísmo es lo contrario. Quien camina con el magistrado o el de la otra pareja, es altruista mientras está sacrificando su propio bienestar por el de su amigo, pero hay un instante en que no le importa el otro bienestar y entonces, lo abandona porque, en última instancia, le interesa "estar en forma" él, no le importa el "estar en forma" del amigo.

Hay un caminante que tiene la cabeza y el bigote blancos y la cara rosada y sonriente, parece como que por él nunca pasan penas. Se junta con otro caminante para hacer calistenia. Pero los movimientos a una edad provecta, digamos, los brazos girando, girando, - vistos desde una perspectiva piadosa- parecen aspas de un molino atascado.
Estoy convencido de que todos giramos al rededor del parque unos en sentido de las agujas del reloj , otros en contra, porque pretendemos alargar un poco más la vida. Es posible que muchos de nosotros tengamos colesterol o triglicéridos que los cardiólogos detestan. Estos siempre nos amenazan: camine Ud. una hora diaria o espere el infarto.
Una vez, entrevisté, en Bucarest, a la famosa doctora rumana, Ana Aslan, descubridora del gerovital que, en su tiempo, era la panacea contra la vejez. Sobre la mesa del escritorio había un ramo de rosas frescas, que de todos modos vivía el proceso irreversible de marchitarse o morir. Entonces, le pregunté a la científica si el gerovital detenía la vejez, que es sinónimo de muerte. No, - me contestó ella, mirando a los rosas -, la vejez es inevitable, lo único que se puede es hacerla durar más.

A propósito de Ana Aslan, hay pocas mujeres que pasean en el Parque Zela: una muy delgada, una muy gorda, tres huancaínas - madre e hijas -; y una señora que luce una notable belleza otoñal. Y no más detalles, porque ellas no entran en esta historia.

O sea que no debemos confiar demasiado en los gerovitales ni en las caminatas; nos ayudan, es cierto, pero no van a hacer nada por nosotros cuando llegue, como a todo el mundo, la hora de partir. Estos conceptos no son fatalistas, pero es evidente el hecho de que los caminantes del hermoso parque Zela somos los mansos o tormentosos ríos de las coplas de Jorge Manrique que a la mar van a parar /que es el morir

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