EL MUNDO, UN DÍA

Blog del Periodista Manuel Jesús Orbegozo. Este blog se mantendrá en línea como tributo a quien con su pluma forjo generaciones de periodistas desde la aulas sanmarquinas. MJO siempre presente.

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Primero, recorrió todo su país en plan informativo, y luego casi todo el mundo con el mismo afán. Por lo menos, muchos de los grandes sucesos mundiales de los últimos 30 años del siglo XX (guerras, epidemias, citas cumbres, desastres, olimpiadas deportivas, etc.) fueron cubiertos por este hombre de prensa emprendedor, humanista, bajo de cuerpo pero alto de espíritu, silencioso, de vuelo rasante, como un alcatraz antes que de alturas, como un águila, por considerar que la soberbia es negativa para el espíritu humano. Trabajó en La Crónica y Expreso, y más de 30 años en el diario El Comercio como Jefe de Redacción, luego fue Director del diario oficial El Peruano y como profesor de periodismo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos lo sigue siendo aún después de 30 años seguidos. Esta es un apretada síntesis de la vida de un periodista hizo historia en el Perú y en muchos de quienes lo conocieron. Puede además ver su galeria fotográfica en http://mjorbe.jalbum.net Nota: MJO partio el 12 de setiembre para hacer una entrevista, la más larga de todas. MJO no se ha ido, vive en cada uno de los corazones de quienes lo conocieron.

Thursday, March 31, 2005

Pol Pot y un cólico de culebras

AVENTURAS EN KHAO I DANG

Acabo de ver una operaciòn a la vesícula: solo tres agujeros en el vientre. Mi operaciòn fue un corte de 10 centimetros de largo y ocho días de convalescencia. Cuánto han cabiado los tiempos: hoy tres huquecitos en el vientre y un dia de convalescencia. Veamos este episodio de una operaciòn a la vesícula luego de un cólico ocasionado por comer culebras

Después que las enfermeras me asearon y me dieron el desayuno casi en la boca, me quedé solo en la aséptica sala del Hospital recordando hasta qué limites me había llevado mi peripecia tailandesa. Me sentía muy adolorido. El cólico biliar que me atacó el día anterior, fue feroz
Recordaba que después de asistir a las elecciones presidenciales en Filipinas en las que salió elegida Corazón Aquino, me interesé por conocer Malasia, Indonesia y sobre todo, Laos. Era el único país que me faltaba para conocer toda la dramática ex Indochina Francesa.
Años después, veía una película extraordinaria sobre el colonialismo francés y las luchas de liberación vietnamita en un cine limeño; escenarios que yo conocía. Me senté al lado de una hermosa muchacha que se mantuvo indiferente a cuantas referencias le hacía del mundo de Vietnam que yo conocía y algo de la guerra que lo abatió.
Al terminar la película, cada cual se fue por su camino, ella al sur y yo al norte, sin idea de volvernos a encontrar: ella estaba en la aurora de la vida y yo, en el crepúsculo; una digresión fatal.

Sabía que en la frontera tailandesa se habían refugiado miles de kampucheanos, pero además, que allí existía un foco de guerrilleros Kmer Rouge liderados por Pol Pot. Recordé al tristemente célebre Pol Pot cuando conversamos en Phom Penh, dos días antes de que los vietnamitas invadieran su país. Entonces, decidí ir a buscarlo.
En el ómnibus que me llevaba de Singapur a Kuala Lumpur, conocí a un joven estudiante de medicina que se iba de vacaciones a conocer Bangkok y Chang Mai, una ciudad arqueológica paradisíaca situada al norte del país.
Desde el primer momento, el estudiante se mostró muy cortés conmigo, era muy culto y además, hablaba fluidamente inglés y francés. Se entusiasmó sobremanera con la idea periodística de ir a buscar a los refugiados kam- pucheanos en la frontera, así que cuando llegamos a Kuala Lumpur ya se había decidido a ir conmigo en pos de Pol Pot.
El malasio Harwant Singh me sirvió de mucho porque además hablaba un poco de tailandés. Me servía de magnífico guía, aunque encontramos muchas trabas para otorgar autorizaciones; se precisaba de varios días para estudiar los casos. Tanto nos aburrimos que decidimos ir sin autorización.
Khao-I-Dang es una aldea que queda al noroeste de Tailandia y que ni siquiera figura en el mapa de este reino.
Allí se había establecido el más grande de los 14 campos de refugiados kampucheanos por cuenta de la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). En los momentos más patéticos de la invasión vietnamita, más de 200 mil cruzaron la frontera tailandesa. Muchos habían dejado ya ese shelter o refugio, pero aún quedaban 30 mil.
Aventura peligrosa
Para llegar a Khao-I-Dang realizamos un viaje muy largo y complicado..
En Singapur, al extremo del sudeste asiático, tomamos el primer tren de itinerario con destino a Kuala Lumpur. Fue un viaje de algunas horas, lugo llegamos a la capital de Malasia. Allí, tomamos un ómnibus que salió a las 9 de la noche rumbo a Tailandia.

A las 12 del siguiente día, llegamos a Hat Yai, luego de 25 horas de viaje A las 3, tomamos un nuevo ómnibus para ir a Bangkok, otro viaje incómodo, y 12 horas más de camino aunque sobre pistas magníficas, pero interminables.
De inmediato, nos pusimos a buscar la embajada de Kampuchea en Bangkok porque el interés principal era pasar la frontera y llegar hasta donde afilaban sus cuchillos los Kmer Rouge para rechazar a los vietnamitas; había muchas posibilidades.
Toda la mañana nos pasamos buscando la Embajada hasta que al final, los burócratas nos dieron el dato de que allí no había representación, sino en Aranyaprathet. A las 4 de la tarde tomamos otro ómnibus rumbo a Aranyaprathet ya muy cerca a la frontera de Kampuchea. De allí al campo de refugiados que buscábamos, había solo un paso.
Llegamos al lugar a las 9 de la noche. Estábamos felices, no porque por fin podríamos darnos un respiro, sino porque ya estábamos al borde de cumplir con nuestro objetivo: visitar el muy importante campo de refugiados de Khao-I-Dang.
Era necesario saber que en Tailandia vivía por lo menos un cuarto de millón de refugiados entre kampucheanos, vietnamitas y laosianos, distribuidos en numerosos campos de los cuales, tal vez el más importante era el de Khao-I-Dang. Era un triunfo haber llegado hasta allí.
Con Harvant tomamos una pieza en el único hotelito de la aldea y casi de inmediato salimos a buscar a alguno de los contactos que podría ayudarnos a visitar dicho campo, sin problemas.

Una vieja burócrata
La aldea, construida posiblemente a causa de la invasión de kampucheanos, a esa hora, estaba medio vacía. Sólo había movimiento frente al mercado donde la gente comía en la calle. Nos sentamos en una larga mesa y pedimos una sopa, pero, más que por hambre, como táctica para entrar en conversación con un grupo de extranjeros, supuestos trabajadores con refugiados. No nos equivocamos. Ellos trabajaban allí. Nos aconsejaron presentarnos al siguiente día al “Task Force 80” en las afueras de la aldea. Así lo hicimos. No bien amaneció, alquilamos un raro taxi o motocicleta de unos cuatro metros de largo y sólo para dos pasajeros.
El taxista era un experto en llevar pasajeros a esas oficinas. Pronto estábamos frente al “Task Force 80”, situado en una casa con vegetación tropical.
Primero, nos detuvo un guachimán que nos hizo sacar los zapatos antes de ingresar a las oficinas donde debíamos hablar con la jefa de la sección.
Así, descalzos, entramos a una oficina y luego, a otra. Allí, al fondo estaba una mujer rubia, de larga edad indeterminada, agestada, impertérrita.
Yo hablé. Le dije que éramos periodistas extranjeros que queríamos visitar un campo de refugiados...
La conversación con la vieja fue decepcionante. En pocos minutos, Ella fue subiendo el tono de su voz y creo que hasta de color. Además de burócrata, en esencia era prusiana, guardiana del infierno. Su negativa era rotunda. Regresen la próxima semana, nos dijo
El malayo y yo nos quedamos mirando amargos y desconsolados porque ninguno de los dos tenía tiempo suficiente para esperar. Nos dimos media vuelta sin hacerle al ogro, ninguna venia de agradecimiento. Afuera, nos pusimos los zapatos y nos resignamos a regresar a Bangkok.
El chofer nos dijo que más al Norte había otro shelter de muchísimo más fácil acceso. Vayan allá, nos sugirió.
Se me ocurrió preguntarle cuánto costaría un viaje al campo de Khao-I-Dang que era cosa de unos 20 kilómetros o más. Él contestó que era unos 50 baths. Le dijimos, te damos 100 si nos llevas, aunque no teníamos autorizaciòn. Le ofecimos más. El hombre dudó mucho, pero se le venía encima un huaico de dinero, así que aceptó. Iba a correr mucho riesgo, pero la recompensa era lujuriosa. En realidad, el riesgo lo íbamos a correr los tres.
Debíamos pasar cuatro puestos de control militar.
En dos de los controles pasamos más o menos bien. En el tercer control, hubo tensión. Sin embargo, la lógica de los soldados debió ser: si han pasado dos controles sin mayor dificultad, ¿por qué no van a pasar este control? Nos despidieron hasta con sonrisas.

Una meta increíble
Increíble, pero cierto, unos kilómetros más y ahí estaba Khao-I-Dang.
El soldado que se encontraba a la entrada nos pidió identificación y lógicamente, no pudimos enseñarle nada. Aquí sí no valió ningún argumento. El ingreso era absolutamente prohibido, salvo identificación del “Task Force”. El chofer y nosotros le rogamos al soldado como a un santo, pero no nos hizo caso porque no sabía nada de santos. ¿Cómo podía un budista saber de santos? Sin embargo, logramos convencerlo para que nos dejara ingresar a conversar con un grupo de kampucheanos que, a menos de 100 metros, nos miraba con curiosidad. Luego de dejar nuestros maletines y máquinas fotográficas a su cuidado, entramos al campo vedado, acompañados por otros soldados con boinas celestes.
La conversación con el grupo fue dramática por las dificultades de comunicación. El soldado que nos acompañaba sabía hablar kampucheano, pero poco inglés. El chofer hablaba inglés, pero no kampucheano. La traducción era una miseria, incomprensible.
Anoté un apellido: Sonh. El hombre procedía de Boen Raing. Hubo otro que contó haber caminado 37 días para llegar desde Kompon Chang hasta la frontera. No sabía si Pol Pot estaba cerca, o no, a ese refugio. El chofer nos tradujo algo sobre los sufrimientos, el drama del desarraigo. Nos dijo que muchos vivían allí desde hacía más de tres años y que no sabían cuando terminaría la guerra para regresar a su tierra, porque la tristeza los estaba matando, they say suffer very much they want go Kampuchea, traducía. Muchos estaban a punto de regresar a luchar contra los vietnamitas, nos dijeron.

Al notar que la comunicación no era fácil y no podíamos obtener estadísticas ni saber más detalles sobre la vida que llevaban los refugiados, el soldado nos dijo que deberíamos retirarnos. Le agradecimos mucho, nos tomamos una fotografía con él y le pedimos permiso para tomar fotos del refugio.
Empezamos a fotografiar a través de los cercos de alambre con púas que aislaban al shelter. Había unos muchachos distraídos pescando, (¿pescando qué?) en una charca. No había otras señales de vida, salvo el que aviones de guerra tailandeses hacían ejercicios de tiro en el cielo. Escuchamos el estruendo de varias docenas de bombas. Dos kilómetros más allá estaba Kampuchea.
Regresamos a Aranayprathet, después del medio día. Sentí mucho dejar Khao-I-Dang, y haber conversado con los kampucheanos e indagado por Pol Pot, sin resultados. Me habría agradado volver a conversar con él líder Khmer Rouge, cada día más condenado como uno de los más grandes genocidas del siglo.
Menú de culebras
Dimos unas vueltas por las calles de la aldea hasta que nos decidimos a almorzar. Allí, nomás, en el pobre y único mercadito local, cada uno escogió su menú. Pero, yo quise probar lo que había pedido mi amigo Harwant Singh. Él se antojó darse un banquete de “el”, o sea, culebras fritas.
Las escogimos vivas en la batea, cinco para él y tres para mí. No eran culebras muy grandes. El cocinero fue sacando una por una; clavaba la culebra en la mesa con un puñal en la cola y otro en la cabeza, luego con un cuchillo la cortaba diestramente a todo lo largo, la desprendía de la piel que quedaba clavada sobre la mesa, y luego de quitarle las entrañas, la partía en pedazos pequeños que iba echando en una olla llena de aceite hirviendo.
Nada más. Los pedazos de culebra se doraban a fuego violento y luego nos lo sirvió el cocinero en platos a los que roció con una especie de “siyao”. Al lado, un poco de arroz.
Para Harwant era un plato exquisito. Para mí, no. Desde el primer momento sentí asco. Claro que mi problema era más bien psicológico: comer culebras. Pero, el caso era probarlas de la misma manera cómo probé carne de perro en Nairobi, carne de camello en el desierto del Sahara o carne de mono en la selva de Contamaná, Perú.
Los primeros bocados me supieron a algo así como a marisco y debí haberme comido ya una culebra, cuando sentí asco y vómito. Ya no intenté terminar el plato. Pedí una bebida de soya que vendían heladísima envasada en cajitas de cartón; bebí tres cajitas porque el calor era insoportable. Pagamos y nos fuimos.
A las 3 de la tarde rondábamos por la agencia de viaje hasta que partimos rumbo a Bangkok.
Cuando todo iba sobre rieles empecé a sentir un dolor en el costado derecho del vientre. Primero, muy levemente, pero pronto, el dolor se enfureció tanto que empecé a transpirar, a quejarme y a no querer saber nada del viaje ni de la vida. Harwant, que era casi médico, palpó mi abdomen y sobre la marcha, diagnosticó: cólico biliar.
No sé cómo pude soportar tres horas largas de viaje y de dolor abdominal, el hecho es que al llegar a Bangkok, mi amigo malayo, me condujo de urgencia a un hospital cercano. Llegué que me moría de dolor. El médico de turno me atendió de inmediato, me pusieron inyecciones, agua destilada y me acostaron. Dormí bajo fuertes hipnóticos hasta el siguiente día.
Cuando me desperté, estaba hospitalizado, pero lo que era peor, había perdido de ir a conocer Chiang Mai y Laos. Estaba desconcertado.
Harwant fue a visitarme tres días después, luego de regresar de Chiang Mai, tampoco pudo ir a Laos.
En el quinto día de mi estada en el “Paolo Memorial Hospital” situado en Span Kwai Square, el director general, doctor Wajiravut Pranoj, fue a visitarme personalmente como si se tratara de saludar a un personaje. Conversamos un buen rato, pidió que nos tomaran una fotografía con mi cámara y luego ordenó que me hicieran un examen computarizado de mi vesícula. El ultrasonido reveló que tenía innumerable cantidad de piedrecillas desde tiempos inmemoriales.

Milagro de Wajiravut
Pero, la visita del doctor Wajiravut fue un milagro. Porque el Hospital al que había ido a parar, era el más moderno, el más caro de todo Bangkok y no lo sabía ni maliciaba siquierdonde las enfermeras me aseaban tarde y mañana, me talqueaban y rociaban con lociones orientales creo que más allá de su costumbre. Cuando esa misma mañana, antes del examen, pedí la cuenta, casi me repite el cólico: Cinco días: quinientos dólares. Si me quedaba ese día más, mi muerte económica habría llegado sin haber sido anunciada.
Pedí que me dieran de alta ahí mismo y con los medicamentos recetados por el doctor Wajiravut me fui a mi hotel de Rajdamri Street. Estuve dos días casi a pan y agua. Por las mañanas y las tardes salía a dar unas breves caminatas por la Rajprasong Square y luego, a la cama. Así, hasta que me sentí excelentemente bien. Entonces, regresé al Perú donde me operaron de la vesícula después de haber sufrido previamente, tres cólicos biliares más: el primero mientras volaba en un avión Madrid-Lima; otro, en Puerto Príncipe, Haití, que me obligó a solicitar la atención de un médico; y el tercero, en Nicaragua, en una casa particular donde me alojé, en plena revolución sandinista.
Era el cuarto cólico que me había atacado hasta entonces. No bien regresé a Lima, me operó el doctor Luis del Aguila, cuando era director del ex Hospital del Empleado, y amigo mío entrañable. Quedé muy bien: un corte de 10 centímetros y ocho días en el hospital; además, una eventración posterior e inoportuna con la que, de todos modos, pienso viajar al otro mundo.

5 Comments:

Blogger Roberto Iza Valdés said...

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9:22 AM  
Blogger Roberto Iza Valdés said...

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6:57 AM  
Blogger Roberto Iza Valdés said...

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1:37 PM  
Blogger Roberto Iza Valdés said...

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6:38 PM  
Anonymous Anonymous said...

Dear Mr Orbegozo,
I am fortunate to have read this article by chance, after 23 years, we finally get in contact. How are you?
I am now practicing in Malaysia, i qualified in 1988, and am now a Professor of Orthopaedic Surgery in Malaysia. Please use the email to contact me. I want to come to Peru to see you.
Harwant Singh,
Malaysia
(your travel companion in 1986 in Thailand)
harws@pd.jaring.my
harwant_singh@imu.edu.my
mobile +6017-871-4171

9:45 AM  

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